miércoles, 9 de julio de 2008

¡Qué! ¿No puedo pagarlo?

Continuando con mis frases célebres, esta surgió un día en que mi hermana y yo fuimos a un Sanborn’s para chacharear un rato. Por ahí andaba yo en la zona de discos y dvd’s, como de costumbre, viendo que se me subía; mientras mi hermana andaba en el área de damas viendo bolsos.

Ella llevaba unos meses de empezar a trabajar, cuando, de pronto me grita ¡¡¡ven hermano!!! Y ahí voy y me enseña una bolsa de unos cuantos cientos de pesillos. Ya se veía una bolsa como para una ingeniera química y como buena mujer me preguntó mi opinión acerca de la bolsa y precisamente le dije que se le vería bien. Pero, como mi hermanita apenas iba ganando para sus chácharas se le hizo cara, como que no le caía el veinte de que ya era independiente y autosuficiente y dudó en comprársela. Yo, al ver su reacción, reflexionar un poco y verme unos años atrás reflejado en ese espejo, le dije: ¡Qué! ¿No puedes pagarla?

Acto seguido, ella comenzó a reír, mejor dicho a carcajearse y le dije: ¿porque no darte un lujillo? Tómatelo como un premio a tus desveladas, a los regaños, a los días aplastada en una silla detrás de una computadora y verás que apenas te dura la bolsa para darte un momento de alegría.

Después de ese evento, la frase la volví mía, suelo tener cierta disciplina para el ahorro, razón por la cual muy rara vez tengo deudas y puedo darme esos lujillos. Por eso cada vez que deseo algo y se me hace oneroso, excesivo, soberbio u otro adjetivo similar, me digo a mi mismo: ¡Qué! ¿No puedo pagarlo?

Aunque después se convierte en un modo de vida donde sale a relucir farol que llevo dentro. Pero como dicen los Cadillacs (quienesvienen en noviembre) en Calaveras y diablitos: La vida es para gozarla, la vida es para vivirla mejor. Y con eso en mente se justifica la altanería y soberbia de la frase para darse el gusto, por el puro placer de dárselo.

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